domingo, 4 de mayo de 2008

EL FULGOR DEL EMPERADOR

Incluso sus más acérrimos detractores se ven obligados a admitir que el Emperador es una fuente de inspiración tan poderosa para sus adeptos que es capaz de iluminar el entendimiento de éstos, y de insuflarles una virtud y una energía tal que los hace capaces de emprender empresas sobrehumanas que parecerían por completo inasequibles a sus naturales facultades. Este es el caso de los actores, cómicos, caricatos y demás participantes en ludes escénicos que, a pesar de haber sido en su mayoría incapaces de leer un solo pergamino a lo largo de sus vidas, se han declarado portadores del saber y guardianes de la cultura, y llevan desde entonces desempeñando esa colosal tarea con una dedicación ejemplar. Y esto no quiere decir que desde ese momento se hayan consagrado al estudio, pero la inspiración divina suple con creces esta carencia, y el Emperador premia generosamente tal abnegación por su parte y dedica cuantiosos fondos del erario a financiar sus espectáculos. En otros casos, la virtud del Emperador lleva a sus fieles a la realización de sorprendentes proezas físicas. Este es el caso de los zerolotas, que afirman alcanzar el éxtasis, y aún en repetidas ocasiones, ante la mera contemplación del Emperador, y es por eso que los otros fieles se apresuran a retirarse prudentemente cuando Emperador y zerolotas coinciden en un mismo recinto.

Pero el caso más admirable de inspiración divina es el del rapsoda favorito del Emperador. Este rapsoda había desarrollado un método de escritura consistente en redactar frases por completo inconexas entre sí, trasladarlas a un pergamino y esperar que el lector atribuyera un significado al conjunto. Y quienes habían tenido ocasión de leer sus composiciones afirmaban que habría sido incapaz de escribir correctamente aunque la misma Calíope entrara en su cubículo y le dirigiera personalmente la mano. Y por eso lo llamaban burlonamente Assurancetourix, en alusión a un famoso bardo de la Armorica conocido por su completa incapacidad para el arte, y ese nombre acabó deviniendo sin saberse cómo en Susodetorix, que es como es conocido actualmente. Y así malvivía este rapsoda hasta que su mirada se posó en el Emperador, por entonces un oscuro funcionario, y en ese momento su espíritu se inundó de su luz, y se vio capaz de emprender trabajos titánicos. Y un día una galera cargada de óleo embarrancó en el norte de Roma poniendo perdida la costa, y el rapsoda se encargó de organizar tumultos y motines contra Josué al aznarita, que por entonces dirigía los designios de Roma, a pesar de que éste no era armador ni capitán del buque, ni había tenido nada que ver con el asunto, y estas revueltas fueron la primera llama que encendió el fuego en que finalmente acabaría sucumbiendo. Y entonces, aún arrebatado por la visión del Emperador, y trascendiendo su natural incapacidad, el rapsoda se lanzó a escribir su más bella hagiografía. Y muchos decían que era imposible leerla sin que las lágrimas aflorasen a los ojos del lector, aunque no especificaban por qué motivo. Y finalmente sucedió que buenos escribas se decidieron a realizar brillantes exégesis sobre esta obra, y así se obro finalmente este prodigio: que el ingenio acabó floreciendo sobre el campo más yermo que jamás habían contemplado las épocas.

3 comentarios:

c.hoyos dijo...

DOMINA CUPA dixit:

Salve Callo,

Mucha razón tienes en todo lo que hablas. Y, no ha sido, sino gracias a tí, como me he dado cuenta del alcance de la divinidad del emperador. Pues es portentosa la manera en la que los artistas y filósofos y acólitos en general, son elevados de categoría tras entrar en la nueva religión. Así, tras ser tocado por la divinidad, un símple cómico deambulante se transforma en el mejor cómico de la historia y le llueven galardones y premios, y un escritor de papiros se convierte en un maestro de la oratoria y la plática. El procónsul ni siquiera se ha atrevido a rodearse de cómicos y escritores porque, al no ser tocados por el halo divino del emperador, nunca conseguirán la fama por la que se cobra un estipendio llamado subvetio o algo parecido. Y es que, con estas subvetiis, los artistas crean numerosas obras de arte que en su mayoría no agradan a la plebe, pero esto a ellos no les preocupa porque entienden que la plebe no está iluminada por la nueva religión y por lo tanto son incapaces de descubrir la belleza de sus obras. No obstante, el emperador considera conveniente cobrar un impuesto destinado al pago del estipendio a todos los ciudadanos, les guste o no las obras de los famosos artistas y escritores. Y como el procónsul no parece oponerse mucho, creo que los ciudadanos tendrán que apretarse el cíngulo un poco más y pasar más estrecheces pero, eso sí, rodeados de belleza.

Vale D.C.

ostra dijo...

Y a pesar de la inspiración divina del Emperador y de las muchas ayudas que recibían, los cómicos no se comían ni un colín.

Callo Tácito dijo...

Salve Domina Cupa

Como bien dices, los artistas son conscientes de que la plebe jamás estará a la altura de su espíritu, y que por eso es normal que sus obras excelsas no siempre susciten la admiración del populacho. Afortunadamente ellos continúan incansables su ingrata tarea consagrada a rodearnos de belleza, y los resultados son inmejorables, como puede verse en las rotondas de nuestras vías.

Salve Ostra.

La noticia que nos traes nos indica que los artistas cada vez dependerán más de la inspiración divina, tanto de la artística como de la pecuniaria.

Vale C.T.